History

Juan Goytisolo in Tangier Reclaims Count Don Julián in Ceuta

The Trilogy of Estrangement and Rupture, by Juan Goytisolo, stands as one of the great narrative ventures of Spanish literature in its era. Likely these three novels — Marks of Identity (1966), Vindication of Count Don Julian (1970), and Juan Without a Land (1975) — are what bring to a close — or at least mark that inevitable inflection point that must exist in every artistic and literary tendency — the indigenous social novel.

El ciclo es también conocido por el nombre de su protagonista, el misterioso Álvaro Mendiola, o incluso por su antífrasis, la España sagrada. Antífrasis, sí, porque habría de ser la mayor diatriba contra nuestro país que se haya concebido en nuestro idioma. Empero no son solo los mitos de la España imperial, consagrada entonces por el franquismo, contra los que se alza la
Trilogía del desarraigo y la ruptura
, como la crítica más comedida y contemporizadora señala.
Hablamos de un ciclo magistral en cuanto a su forma, un ejercicio literario sin precedentes en nuestras letras
: fluir de la conciencia torrencial, monólogo interior convertido en soliloquio que, cuando la persona del verbo es la segunda del singular, interpela directamente al lector. Un sujeto que para Goytisolo es mucho más hipócrita, más semejante y más hermano que para
Baudelaire
aquél a quien va dirigido el poema dedicado al lector de
Las flores del mal
(1857):
“Hypocrite lecteur —mon semblable,—mon frère!”.

Más que frente a una crítica estamos ante una negación absoluta de cuanto concierne a España. Hasta el idioma en el que piensa y se expresa, el español, que él llamaba castellano

Pero si la forma es magistral, digna de los grandes del monólogo interior de las letras anglosajonas —Joyce, Faulkner, Malcolm Lowry…— el fondo es difícil de aguantar para cualquier español que cumpliera lo prometido y hubiera jurado amar a su país, como hacíamos casi todos entonces. Y hace ahora cincuenta y siete años, ese amor era mucho más sincero y frecuente de lo que Juan Goytisolo, y todos aquellos que odiaban a España porque la tiranizaba Franco, hubiera querido. Sin ir más lejos Laín Entralgo —un sabio en toda la extensión de la palabra—, Luis Rosales —tan recordado estos días por su infatigable intento, aunque inútil, de salvar de su suerte a García Lorca— habían sido falangistas de primera hora; Martín de Riquer, requeté voluntario del tercio de Montserrat… En fin, que los prebostes de las letras patrias de la segunda mitad de los años 60, cuando Juan Goytisolo comenzó la Trilogía del desarraigo, debieron hacer muchos esfuerzos para conciliar lo contado con la forma de contarlo. Si es que lo hicieron, debió de resultarles muy difícil superar los defectos “deliberadamente estomagantes”, que los definió Gil Casado, para leer a aquel Goytisolo que en su nueva aventura narrativa dejaba definitivamente atrás su etapa de realismo social.

El nuevo Goytisolo —especialmente en Reivindicación del conde don Julián— arremete contra todo, absolutamente todo, cuanto concierne a España. Álvaro Mendiola, álter ego del escritor, voz de sus reflexiones más profundas y, sobre todo, su vicario en el azote al clero, a los toros, al concepto de la hidalguía, al paisaje castellano, a la literatura clásica —incluida la dichosa generación del 98, tan querida hasta por los republicanos—. Y no digamos la literatura española que se escribía entonces, su contemporánea. De la injuriante perorata de Mendiola no se salva ni el solar patrio, y menos aún la historia, la ciencia y la familia española…

Mendiola se ha subido a una atalaya de Tánger desde donde es visible la costa española, el amado solar patrio para millones de personas para las que España era un amor visceral

Más que frente a una crítica estamos ante una negación absoluta de cuanto concierne a España, hasta el idioma en el que piensa y se expresa, el español, que él llamaba castellano, como todos los españoles que no quieren serlo. “El narrador ha renunciado a la realidad física de su país, a la tierra, pero no a la palabra”, escribe el propio Goytisolo refiriéndose a Reivindicación del conde don Julián, cuya redacción le ocupaba, hace ahora cincuenta y siete años. “La lengua, diríamos, para el exiliado —el escritor lo estaba desde que se estableció en París en 1956— es el único bien que le queda. Y aferrándose a ella como única patria auténtica puede emprender la destrucción mítica de la otra”.

Fue en 1966, en Marrakech primero y en Tánger después —el Tánger que, a medida que pierde su estatus internacional y se integra en Marruecos está dejando de ser esa ciudad mítica, en la que Paul Bowles ejerció de cicerone de la Beat Generation—, Juan Goytisolo —a decir de Miguel Dalamau en Los Goytisolo (Anagrama, Barcelona, 1999)— encuentra la inspiración y la fuerza que le van a guiar en su nueva empresa literaria. No es otra que “rumiar su cólera, alimentar su sed de venganza contra esos molinos o gigantes llamados religión-patria-familia-pasado-niñez” (Dalamau). Y hace ahora cincuenta y siete años, Juan Goytisolo halló el instrumento ideal para su desquite en el conde don Julián, un personaje legendario, como Vellido Dolfos —el asesino del rey Sancho II de Castilla—, los dos traidores a la patria arquetípicos en la historiografía española.

Don Julián, y en esto coinciden todas las fuentes, decidió vengarse del rey Rodrigo, de toda España, pactando con las fuerzas musulmanas del califato Omeya, facilitándoles la flota precisa para cruzar el estrecho de Gibraltar

“Tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti”, empieza Reivindicación del conde don Julián. Mendiola se ha subido a una atalaya de Tánger desde donde es visible la costa española, el amado solar patrio para millones de personas para las que España era un amor visceral, tan vehemente o más que el odio que le profesaba Goytisolo. Unos la recordaban llorando cuando se veían obligados a emigrar e iba a cantarles Marisol vestida de faralaes. Y había otros, a quienes les daba miedo salir de aquí —fuera todo era raro—, para quienes la patria estaba muy por encima de la dictadura franquista que, en efecto, la tiranizaba. Entre estos últimos españoles estaba el niño más feliz del mundo, que entonces —hace ahora cincuenta y siete años— crecía en Madrid jubiloso.

Mendiola arranca su soliloquio metaforizando su exilio en la figura del repudiado gobernador de Ceuta en el siglo VIII. Presente tanto en los cronicones cristianos como en diversas fuentes árabes, don Julián pudo haber sido un noble visigodo encargado de defender el enclave norteafricano —Septem en aquella sazón—, un caudillo bereber romanizado e incluso un gobernador bizantino, responsable del control de la ciudad tras la retirada del Imperio de Oriente. De una u otra manera, don Julián tenía una hija, Florinda —a la que, después del ultraje del que fue objeto, apodaron despectivamente La Cava—. Enviada a educarse a Toledo, don Rodrigo, el último rey visigodo de la Ciudad Imperial, un hombre lujurioso, la forzó o la sedujo.

También era previsible que España, ya en 2014, concediera el Premio Cervantes al autor de Reivindicación del conde don Julián. Naturalmente, hubo polémica

Corría el año 711. Don Julián, y en esto coinciden todas las fuentes, decidió vengarse del rey Rodrigo, de toda España, pactando con las fuerzas musulmanas del califato Omeya —gobernadas por Musa ibn Nusair y comandadas por Tariq ibn Ziyad—, facilitándoles la flota precisa para cruzar el estrecho de Gibraltar. El resto ya es la historia de España, esa historia que empezó a escribirse en la batalla de Guadalete. No deja de ser curioso que tanto don Julián como don Rodrigo sean dos personajes históricos despreciados hasta por el marqués de Sade, quien les dedica una de las piezas de Los crímenes del amor (1799), uno de sus pocos textos en donde no se refiere ni sexo explícito ni tortura alguna.

Era previsible que Juan Goytisolo, ansioso de abundar en la heterodoxia y en su sentimiento apátrida —que nunca fue, nunca renunció a su nacionalidad española—, reivindicase al conde felón con una vehemencia desconocida incluso en las fuentes árabes. Su otra gran reivindicación fue José María Blanco White, el cura sevillano que en 1810 se trasladó a Inglaterra, se ordenó clérigo anglicano, se naturalizó inglés y desde allí, en sus Cartas a España, arremetió contra los dogmatismos y las costumbres autóctonas con tanto afán que las Cortes de Cádiz pidieron que se le quitase la ciudadanía española.

Odiaba nuestra ciudad más que el resto de la izquierda española: la había injuriado en numerosas ocasiones en sus escritos, simplemente por ser la capital de España

Y también era previsible que España —que a diferencia de Roma sí paga a los traidores—, ya en 2014, concediera el Premio Cervantes al autor de Reivindicación del conde don Julián. Naturalmente, hubo polémica. Entre otras cosas, porque el mismo Goytisolo, en su exaltación del conde felón, arremetió contra los premios literarios españoles. Como también hubo polémica cuando la buena de Manuela Carmena tuvo a bien dedicarle una plaza en Madrid a Juan Goytisolo, quien odiaba nuestra ciudad más que el resto de la izquierda española: la había injuriado en numerosas ocasiones en sus escritos, simplemente por ser la capital de España. Pero así se escribe la historia.

Hoy cabe, no obstante, otra hipótesis: si el autor de Reivindicación del conde don Julián, además de uno de los mejores novelistas de su tiempo, hubiera sido adivino, como Nostradamus, o las dos cosas a la vez, escritor y profeta; si, como dicen los historiadores, aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla —escribir “pueblos” en lugar de “aquellos”, que sería la cita exacta, me parece como de las juventudes comunistas—, ¿quién sería el traidor en esta invasión de setenta mil sujetos de derecho, desarmados, que hubiera hecho tan feliz a Mendiola? El presidente del gobierno más antisemita del mundo dice que Israel. Y las ministras de su gabinete, que más se han significado por sus simpatías, dicen que los españoles son racistas. Y todos arden en deseos de pasar a la historia.


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