To commemorate the 90th anniversary of the Civil War, José Ángel Mañas recreates in Zenda, day by day in this section, what happened in 1936, perhaps the most pivotal year in all of Spain’s recent history.
Friday, September 25, 1936: League of Nations
The League of Nations headquarters in Geneva was crowded. The war in Spain was causing tremendous upheaval. There, there was a determination to prevent the conflict from turning into a world war at all costs. Salvador de Madariaga had been working for weeks to have the injustice suffered by the Republic recognized through the creation of the Non-Intervention Committee, and to support him arrived the new foreign minister, Julio Álvarez del Vayo.
Vayo, tall, elegantly dressed, with hair silvered and parted at the side, round tortoiseshell glasses, was one of the prominent Socialists and a trusted man of
Largo Caballero.
Born in
Villaviciosa de Odón,
this law graduate had been a correspondent in
the United States
and in
Europe
during the
World War I, traveled through
Russia
and recorded his memories in two books,
The New Russia
and
The Red Path.
Conscious of the moment’s importance, he had already been seen speaking with the Soviet representative
Litvinov prior to his turn.
When his turn came, he adjusted his tie in a nervous gesture and faced the diplomats occupying the seats in the meeting hall. After the customary preliminaries, he reached the heart of the matter. He said that Spain was ready to accept a plan of non-intervention if it were rigorous.
—Señores. Todo el mundo sabe que la República española no ha exigido nunca ayuda. Pero que el régimen normal de las relaciones comerciales se encuentre súbitamente interrumpido, que la llegada de material de guerra para el Gobierno español cese bruscamente, que los contratos firmados por el Gobierno español antes de la sublevación sean anulados, todo ha sido únicamente en detrimento de la República y en provecho de los rebeldes. Lo que exigimos ahora es que cesen las hipocresías. Esta lucha se es hoy una cuestión internacional. Y peor: estaría decidida en sus grandes líneas si por las razones indicadas el pueblo español no se hubiese visto obligado a hacer frente a otra invasión de mayor amplitud. La guerra civil española, señores, terminó en quince días: la ganó el Gobierno. Lo que continúa desde entonces es una agresión injustificada de Alemania e Italia contra el pueblo español.
Álvarez del Vayo hizo una pausa. Todos los rostros que tenía enfrente seguían serios. Se oyó el murmullo continuo de los traductores. Muchos diplomáticos asentían con interés.
—Señores: cada defensor español de la República que cae en el frente por el fuego de estas armas importadas de la manera más cínica y en gran cantidad a pesar del Acuerdo de No Intervención, es una demostración irrefutable del crimen que se está cometiendo contra el pueblo español. Porque no nos engañemos: el suelo ensangrentado de España es ya en realidad el campo de batalla de una guerra mundial.
Del Vayo levantó la cabeza, para ver el efecto que provocaban sus palabras, y de repente comprendió que era inútil. Pese a las pruebas y argumentos que aportaba, ya le había explicado Madariaga que en la Sociedad de Naciones consideraban que, habiéndose formado un Comité de No Intervención, el asunto debía ser planteado ante él. Todos se daban perfecta cuenta de que la política británica y la francesa, no la de Hitler y Mussolini, era lo que estaba decidiendo la guerra. No les importamos un bledo, pensó.
—La República tiene mayores recursos y mayores apoyos entre la población —siguió, cada vez más irritado—. Habríamos ganado ya si hubiésemos recibido el tratamiento correcto al que España tiene derecho según la ley internacional: armas extranjeras para el Gobierno legítimo y no para los rebeldes. O incluso que ambas partes recibiésemos armas. Los rebeldes solo tenían la oportunidad de ganar si ocurría lo que está sucediendo: que ellos reciben ayuda externa, mientras nosotros no. Eso es lo que ha dictado, para su gran vergüenza, Londres, por supuesto; pero también París, el país de la Comuna. Y la iniciativa británica pone de manifiesto, una vez más, la inoperancia de la Sociedad de Naciones. Solo les ruego, señores, que recapaciten sobre este asunto y convenzan a sus respectivos gobiernos de que corrijan esta tremenda injusticia. ¿O es que van a permitir que nuestra República se desmorone, mientras contemplan el espectáculo desde esos cómodos escaños, tranquilamente cruzados de brazos, como están ahora?
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