History

Swann’s Way in Print

Paris, November 1913.

Hace apenas unos meses, a finales de 1912,
Marcel Proust
, en una carta dirigida a Gaston Gallimard —un conocido de los veranos de 1907 y 1908 en Bénerville-sur-Mer (Calvados)—, presenta a su futuro editor una obra que aún titulaba
El tiempo perdido.
La idea de su búsqueda aún tardaría en añadirse al título. Más que como una novela, el texto habrá de pasar a la historia como la primera entrega de todo un ciclo narrativo. Estará integrado por siete obras, oscilantes entre la autobiografía y las bellas letras, que —no hace falta mucho discernimiento— es como se llama a la excelencia literaria
.

Ya en esa carta de noviembre de 1912 podía atisbarse el largo aliento de un autor que ya habla de otras dos entregas de una novela en la que la ficción es muy relativa. Finalmente, cuando en 1927 el ciclo quede concluido, los siete tomos que lo integran —Por el camino de Swann (1914), A la sombra de las muchachas en flor (1919), El mundo de Guermantes (1921-1923), Sodoma y Gomorra (1922-1923), La prisionera (1925), La fugitiva (1925), El tiempo recobrado (1927)— sumarán un total de tres mil páginas en la edición Bibliothèque de la Pléiade (1954), cuya reedición, crítica, entre 1987 y 1988, estuvo al cuidado de Jean-Yves Tadié.

Pero no adelantemos acontecimientos. El Sena ha de trasegar aún mucha agua antes de que las ediciones anotadas, profusas en referencias a los cahiers, las agendas y otras amenidades de En busca del tiempo perdido, lleguen a las librerías. Aún estamos en aquel París de noviembre de 1913, cuando todo lo que no está en vilo está en ciernes. El portentoso Marcel Proust para los amos del cotarro es poco más que un diletante.

Antes de que Gaston Gallimard, que con el tiempo habrá de ser uno de los más prestigiosos editores franceses, lo sea de uno de los autores más influyentes de la lengua de Baudelaire en el mundo entero, ha de tener lugar una pequeña peripecia que habrá de tener asiento en la historia de los grandes errores editoriales.

Por aquel entonces, cuando Proust y Gallimard se conocieron en los estíos de la localidad de la costa normanda aludida, el autor que estaba llamado a ser uno de los mayores prospectores en la memoria de la literatura universal —pocos como él para simbolizar, a través de sus más íntimos recuerdos, la decadencia de la aristocracia y la alta burguesía francesas anteriores a la Gran Guerra— trabajaba en una pieza titulada Contre Sainte-Beuve. Ya en 1913 se ha convertido en Combray —donde se refieren los amores de Charles Swann y Odette—, primera parte de Por el camino de Swann, y ha sido publicada por entregas en Le Figaro.

“Proust se pone en contacto con un editor joven y bisoño, Bernard Grasset, quien aceptó publicar la obra con la condición de que redujese las setecientas páginas del manuscrito a quinientas y financiara íntegramente la tirada“

Resuelto a perseverar, como un autor, diletante empero aplicado, Marcel Proust sigue encajando rechazos. Uno de los más sonados de este momento estelar de la edición en la lengua de Verlaine que conformaron las múltiples negativas fue el de Alfred Humblot, Éditions Ollendorff: “Querido amigo —escribe el editor en la carta de rechazo—, seré un inepto, pero no logro comprender cómo un señor puede emplear treinta páginas para describir cómo se da vueltas en la cama antes de dormirse”.

Ante semejante panorama, Proust se pone en contacto con un editor joven y bisoño, Bernard Grasset, quien aceptó publicar la obra con la condición de que redujese las setecientas páginas del manuscrito a quinientas y financiara íntegramente la tirada y su campaña promocional.

“El narrador percibe esos dos caminos: el de Swann, que conduce al mundo del amor, de la creación artística y de la subjetividad; y el de Guermantes, que conduce al de la aristocracia, el poder social y la vida mundana“

Dicho y hecho: el colofón de la impresión de Por el camino de Swann está fechado el ocho de noviembre de 1913. El final consagra el trabajo o el fin corona la obra (finis coronat opus), rezará esa culminación, ya en las postrimerías de la centuria pasada en la última página de las ediciones de unos amigos míos. Hecho este inciso, una semana después, el día catorce de noviembre de hace ciento trece años, la novela de ficción muy relativa llegaba a las librerías en una tirada de mil setecientos cincuenta ejemplares. Y ese día como hoy de 1913, aquellos primeros volúmenes se estaban terminando de encuadernar en la Imprimerie Kapp de Évreux para ser enviados a París.

Ciento trece años después, no sabemos si Proust mandó los ejemplares de cortesía a sus amigos —el poeta Lucien Daudet, el crítico Henri Ghéon y otra gente de influencia en el ambiente literario— con o sin depósito legal. Hay eruditos que sostienen que este día, como el de hoy, pero del siglo pasado, el depósito legal de Por el camino de Swann aún se estaba gestionando. Lo que sí está claro es que, ya en el mismo título, el autor introduce la dicotomía que presidirá todo el ciclo.

“El gran error editorial empezó a enmendarse. Llegarían las ediciones anotadas y críticas. A destacar la traducción española de Pedro Salinas“

Desde la infancia en Combray, el narrador percibe esos dos caminos: el de Swann, que conduce al mundo del amor, de la creación artística y de la subjetividad, y el de Guermantes, que conduce al de la aristocracia, el poder social y la vida mundana. Esta oscilación entre dos universos, de una u otra manera se va desarrollando a lo largo de las siete entregas, hasta que al final, en El tiempo recobrado —de publicación ya póstuma—, el camino de Swann y el de Guermantes se unen, así como todo acaba por entenderse, aunque ya se haya perdido, en el curso de la existencia.

Después de haber leído Por el camino de Swann con todo el interés que merecía, lo que no hizo cuando la desdeñó en un primer momento, André Gide escribió: “El rechazo de este libro será el más grave error de la Nouvelle Revue Française, y —puesto que me queda la vergüenza de ser en gran parte responsable de ello— uno de los dolores y pesares más amargos de mi vida”. Y entonces sí, el gran error editorial empezó a enmendarse. Llegarían las ediciones anotadas y críticas. A destacar la traducción española de Pedro Salinas.






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