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The Fools

Six interconnected stories explore the reasons that lead us to commit to an idea, a religion, a political cause, or a person. Set between New York, Paris, and India, they probe the workings of our beliefs and convictions.

In Zenda we reproduce a few pages from The Fools (Chai), by Joan Silber.

***

For many people, anarchists were fools. I finished high school in 1924, and even during my childhood, when the more radical anarchists still believed in “taking action” and threw bombs and shot at world leaders, people thought they did it out of some kind bloodthirsty sentimentality, a somewhat amusing naïveté. All those laughs, now that I think about it, ignored the matters for which one commits follies in this life: for love, for Christ, for admiration. I had friends who, in the end, committed them for all those reasons. I chose my own.

No nací en un hogar anarquista. Me empapé de él a través de la lectura. Alguien me dio un panfleto en la calle y ese fue el inicio. Y mi primo Joe fue una influencia. Joe era un primo tercero, casi no estábamos ni emparentados, pero durante nuestra adolescencia acompañamos a mi madre durante el breve período en que distribuyó ropa usada para los pobres de nuestra iglesia. Abrigos de lana con olor a humedad, baberos escolares raídos y pilas y pilas de sombreros para hombres. El problema era que a mi madre le daban pavor las personas que aparecían pidiendo ropa. Nos quedábamos detrás de una mesa en el sótano oscuro y húmedo de la iglesia mientras ella pedía que hicieran fila y entre susurros me decía que no tocara a ninguno de los niños. Del otro lado, Joe me preguntaba por lo bajo por qué a nosotros nos sobraban estas cosas y a ellos no.

*

Nací en la India, en la ciudad de Madrás, en el estado de Tamil Nadu, cuando mi padre era misionero de la Iglesia congregacional. Volvimos a Filadelfia cuando tenía seis años, pero aún recuerdo algunas cosas. Mi padre abandonó la misión en un estado de profunda desilusión, amargado por la permanente rivalidad eclesiástica en un país tan lleno de sufrimiento. En Estados Unidos, se reían de mí porque mi acento era diferente y en el colegio un grupo de chicas me hostigaba permanentemente.

En la adultez, cuando mis amigos se enteraban de que venía de una familia misionera, se burlaban diciéndome que yo, naturalmente, formaba parte de una larga estirpe de fanáticos y, en efecto, así era como a mí me gustaba verlo. En realidad, el fanatismo se había agotado cuando empecé a hacerme mayor. Mi padre era tan solo un sacerdote calvo y abrumado más que murmuraba sus sermones y no quería mirar a nadie a los ojos. Mi madre era más apasionada, casi hasta la desesperación.

Odiaba esas reuniones insoportables de las damas de la caridad en nuestro salón y la tediosa catequesis de los domingos, donde mi pobre madre enseñaba hechos inverosímiles que se habían convertido en clichés. En el instituto, me hice famosa por mis chistes cínicos sobre la Virgen María. Pero Joe era peor. En el auditorio del colegio, me pasaba papelitos en los que parodiaba los salmos que leíamos en voz alta («Quien tenga las manos limpias y el corazón puro, y, por supuesto, las lave siempre con lejía»).

Cuando leía los libros que Joe me prestaba, sentía una mezcla de alivio y alegría al terminar las partes más difíciles. Desde el primer momento, lo que más me gustó del anarquismo fue que su verdad era evidente: la gente se confundía si esperaba que la justicia emanara del Estado. El poder nunca protegerá al más débil, tan solo se protege a sí mismo. La tiranía era parte integral del sistema. La claridad de esta explicación me parecía bastante contundente, así como la insistencia en que las cosas no podían continuar de aquella manera, aunque la historia humana lo diera por sentado.

*

Para Joe, yo era una chica que conocía desde siempre. No se le había ocurrido sentirse atraído hacia mí en una forma que no fuera fraternal hasta que me vio un día fresco de otoño escuchando un discurso de apoyo a Sacco y Vanzetti. Yo estaba reclinada contra el tronco de un olmo cuando él se acercó caminando hacia mí, con sus andares de piernas largas y el pelo engominado hacia atrás.

—Todos piensan que estoy en la biblioteca estudiando —dije.

—Bueno, Vera, en realidad sí que estás estudiando.

—Llevo aquí un buen rato —dije—, ¿tú no tienes frío? Me estoy quedando helada.

Como golpe de efecto, me puse a tiritar y coloqué mi mano en su mejilla para que viera el frío que tenía. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Estaba colada por él desde hacía tiempo. Se quitó la bufanda y la puso alrededor de mis hombros, acercándose para envolverme con ella.

—¿Mejor? —preguntó.

Qué fácil fue esa parte.

***

La fascinación que sentíamos entre nosotros se mezclaba con nuestros ideales, con nuestra rabia y con nuestras ilusiones, pero ¿qué tiene eso de malo? Nuestras conversaciones serpenteantes, llenas de lecturas vagamente entendidas y arranques de claridad, eran fabulosas. Hicimos un piquete en una fábrica textil junto a sus trabajadores; cogimos el tranvía y nos sumamos a la multitud un sábado en el que nuestros padres creían que habíamos ido al cine. Joe caminaba rápido, y pronto llegamos al frente, al lado de los colegiales que gritaban. Me mantuve cerca de Joe, me oí cantar y gritar. Era la primera vez que mostraba esa faceta en público.

*

Joe era un año mayor que yo. Una vez que terminó el instituto, consiguió un trabajo de administrativo en una imprenta. A él le encantaba estar en la calle, y aunque todo el proceso mecánico de las rotativas y de la impresión offset en seco le interesaba bastante, trabajaba muchas horas. Y yo tenía un hermano pequeño del que ocuparme. Los sábados llevaba al regordete de Robert al parque en su cochecito, y Joe caminaba junto a nosotros por los senderos, empujando el carrito para que yo pudiera ir agarrada a su brazo.

Mi madre hablaba de nosotros como si estuviéramos comprometidos, pero se trataba de un malentendido por su parte. No teníamos intención de casarnos. Los dos dábamos por hecho que estaríamos juntos toda la vida, pero sin necesidad de firmar un papel. De hecho, me entusiasmaba la idea; la pureza de nuestra unión estaba más allá de la intervención del gobierno o de cualquier entidad religiosa que creyera que podría bendecirnos. La mera idea de una unión legal resultaba profundamente insultante, especialmente para personas como nosotros. Me sentí muy ofendida cuando mi hermana me preguntó:

—¿Qué le impide a Joe huir? Podría irse en cualquier momento. ¿Acaso quieres eso?

Nadie entendía lo injusto que resultaba eso para Joe y cuánto me menospreciaba a mí.

Seguíamos viviendo en las casas de nuestras respectivas familias y no escondíamos nuestros planes, no teníamos nada que ocultar. Mis padres no eran conservadores o estrictos como el resto de familias clericales. No me mandaron a vivir lejos con un pariente lejano ni me encerraron en mi cuarto. Pero no dejaron que Joe volviera a entrar en casa. Sin importar las veces que él insistiera.

Mi madre me dijo:

—¿De verdad crees que podríamos superarlo si hicieras una cosa así?

Mi padre dijo:

—Los mandamientos existen por una razón. ¿No sientes a Dios a tu alrededor? ¿Crees que estás por encima de Dios?

Toda esa indignación podría incluso habernos fortalecido, si no hubiera venido acompañada de lágrimas. ¡Escuché llorar a mi padre! A mi avejentado y pobre padre. Era un sonido ahogado, antinatural, lleno de sollozos que venía del otro lado de la pared. ¿Estábamos haciendo lo correcto Joe y yo? Empecé a creer que nos habíamos aferrado ciegamente a un tecnicismo. Como mi amiga del colegio Mary Elizabeth, que pensaba que comer una uva pasa antes de comulgar estaba mal. Una uva pasa. ¿A quién le importaba?, ¿qué cambiaría si decíamos algunas palabras en una ceremonia pública? ¿Era preferible acaso la crueldad? Hasta Joe estuvo de acuerdo, aunque una media sonrisa llena de vergüenza atravesaba su rostro. Nos dolió a los dos que yo lo sorprendiera en ese gesto. Entonces, al final, fuimos hipócritas por bondad. Ambos. Mientras sujetaba mi ramo de flores de azahar, pensaba: «Estoy contenta, pero siento que voy disfrazada». Aunque supongo que mucha gente se siente así el día de su boda.

[…]

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Autor: Joan Silber. Título: The Fools. Traducción: Damián Tullio. Editorial: Chai. Venta: All Your Books.






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