They call us old, listen up. You and me. The last time was a few days ago on a social network. Shut up, old man, was the message. With the “tu” form included, very folksy. It was dropped by some guy, I suppose young, convinced of what he said. Stupidly honorable, I imagine, like so many. Believing it for real. And I began to think, of course; how contemplative you become, with your foot on the stirrup, to see a tiñalpa explain the world to you without having yet wiped from the mouth the milk he drank. Because you have to be bold, or very stupid — or boldly stupid — to use age as an insult, or to pretend that it is.
Llamar viejo a un fulano de casi 75 años es algo objetivo y razonable; pero hacerlo en tono despectivo es un error. Sin embargo, aquel infeliz no lo sabía. Combinada con estupidez y redes sociales, la ignorancia produce pollitos de corral convencidos de ser águilas imperiales. Nos llaman viejos porque creen que la vida empieza con ellos. Porque confunden juventud con inteligencia, redes sociales con profundidad y opinión con conocimiento. Porque viven en un presente perpetuo donde lo anterior es sospechoso y lo posterior, inexistente. Porque nadie les ha explicado, ni en el cole ni en su casa, que el paso del tiempo no es un problema ajeno, sino un pistolero paciente que espera en la puerta con sonrisa tranquila y una libreta donde figura tu nombre. Viejo es el yogur caducado de la nevera, viejo es el discurso reciclado que se vende como nuevo, vieja es la rebeldía de catálogo, el inconformismo con patrocinio, la camiseta con eslogan, la falsa originalidad de tanto cantamañanas gregario.
Those of us with three quarters of a century in our backpack were also fools, and we even went to great lengths to be so. But back then there were no means to display our stupidity in high definition, nor did we compete for the immediate applause of the digital herd. The fool, until he stopped being one — some never stopped being one, but that’s another story — had to work at it in person and bear the consequences. We watched fashions rise and die, ideologies go to hell and heroes turn into trash when we had no safety net; when making mistakes had a price and when blows — figurative or real — taught more than a hundred tutorials. The creature who called us old, you and me, calendar mates, ignores that age is ammunition and training to use it, that each year lived is a bullet loaded with experience, that you do not age by accumulating loyalty points but by surviving failures, disappointments, betrayals, and many of your own blunders. And that this educates, hardens. It teaches to look.
Nos llama viejos quien se cree inmortal porque tiene pocas cicatrices, o ninguna, y no ha enterrado a nadie a quien quisiera. Nosotros, en cambio, hemos vivido guerras reales o figuradas, aventuras, romances, heroísmos y cobardías propias y ajenas. Hemos visto caer cosas que parecían indestructibles y levantar ídolos eternos que duraron un suspiro. Hemos amado con torpeza y perdido con elegancia, sufrido heridas que no salen en las fotos, matado y muerto mil veces, sostenido manos mientras se apagaban, pagado altos precios sin las tarjetas de crédito de papá y mamá. Y nuestra edad proporciona una ventaja: no hay nada que demostrar. Ya no compites, observas. No presumes, recuerdas. No te apresuras, caminas; estás demasiado cansado para correr. Y sabes lo que muchos jóvenes y muchos tontos —no son sinónimos, aunque a veces lo parezca— ignoran: si un lobo viejo no caza y muerde, a menudo no es porque no pueda hacerlo, sino porque hasta el hambre le da pereza. Ya no pretendes aparentar, sino ser. Conoces, porque lo practicaste, el silencio respetuoso ante quien vivió más de lo que tú has leído, visto o imaginarás en toda tu vida. Aprendiste, en fin, lo mejor del ser humano: callar cuando no sabes y opinar sin miedo cuando crees saber.
Por eso me hizo sonreír el piolín que nos llamó viejos. Aún no es consciente de ello, pero le incomoda que existamos porque somos la prueba de que su momento pasará más rápido de lo que supone. Hay jóvenes educados y peligrosamente inteligentes; pero éste no era de ésos, sino de los que confunden insolencia con carácter y falta de respeto con personalidad. De los que creen que ser joven es mérito propio y no circunstancia pasajera. De los que se chotean de las arrugas ignorando que cada una es una factura pagada.
Así que no se equivoquen. Los viejos no exigimos respeto automático, homenajes ni aplausos compasivos. No necesitamos que nos cedan el asiento, sino al contrario: somos de los pocos que todavía lo ceden. Pero otro cantar es que una recua de niñatos sin media hostia nos use como saco de boxeo generacional para esconder su clamoroso vacío. Porque sí, en efecto. Tengo 74 años. Y usted, colega lector, hombre o mujer, sesenta u ochenta y tantos, o los que diablos tenga. Si eso es ser viejo, bendita y digna vejez. Mejores son nuestras canas ganadas a pulso que la arrogancia estacional; mejores nuestros silencios que la verborrea analfabeta; mejor nuestra escéptica mala leche, cuidadosamente destilada por la edad, que los entusiasmos sin fundamento. Porque al final, cuando el tiempo haga su trabajo —que siempre lo hace sin piedad ni disculpas— nosotros ya habremos estado allí. Quien nos llama con desprecio viejos no sabe lo cara que se paga la vida. Y cuando llegue su turno, si no es del todo estúpido comprenderá que los supervivientes que hoy somos no lo miramos con ira: lo hacemos con ventaja, con calma, con la superioridad que dan los años. Y desde esa imbatible altura, unos cuantos viejos —usted, muchos otros y yo— nos ciscamos en su puta madre.
____________